Cuentos Eróticos

Mi Amor

— Helena Nunes —

Después de un día agotador, él encuentra la casa a oscuras y una invitación inesperada. A la luz de las velas, ella transforma el dormitorio en un juego de seducción, deseos y órdenes.

Mi Amor

Llegas a casa después de otro día agotador.
El trabajo se ha alargado y solo quieres una noche tranquila.
Pero, mi amor, no es eso lo que vas a tener.
Las luces de casa están apagadas y reina el silencio.
Piensas que estoy dormida y tienes cuidado de no hacer ruido.
Oigo tus pasos por el pasillo.
Entras en silencio y cierras la puerta.
El dormitorio está sumido en la oscuridad.
Prepárate, mi amor.
Enciendo una cerilla que ilumina tímidamente mi rostro.
Te sobresaltas.
Apenas veo tu silueta, pero siento tu mirada en mis labios.
Me los he pintado de rojo, como te gustan. Y la tenue luz de la cerilla los ilumina sensualmente.
Antes de que la llama se extinga, sonrío maliciosamente.
La llama se apaga y el dormitorio vuelve a teñirse de negro.
“¿Qué estás haciendo?”, preguntas divertido.
No respondo y enciendo dos velas, una a cada lado de la cama.
Las llamas amarillas iluminan el dormitorio, dándole un ambiente romántico y atrevido.
Me acerco a ti.
Vas a besarme, pero pongo un dedo sobre tus labios.
Deslizo el dedo de tus labios a tu barbilla, cuello, camisa y me detengo en la punta de tu corbata.
Te atraigo hacia mí y te beso.
Mi lengua invade tu boca y abraza la tuya.
Me agarras con fuerza y me aprietas las nalgas con tus manos fuertes.
Rompo el beso y te empujo contra la pared.
Me alejo un poco de ti.
Solo ahora te das cuenta de que llevo puesto uno de tus blazers.
El azul oscuro, el que más adoro.
Empiezo a desabrochar los botones de la chaqueta mientras te miro.
Dejo que se deslice por mis hombros hasta caer a mis pies.
Llevo la lencería que me regalaste en nuestro primer año juntos.
Sí, mi amor, la roja.
Tus ojos recorren mi cuerpo, perdiéndose en las curvas y despistándose en las contracurvas.
Me tumbo en la cama, me recuesto sobre las almohadas y me quedo mirándote.
Rápidamente, te quitas la corbata y te diriges hacia la cama.
Pero calma, mi amor.
Apoyo un pie descalzo en tu pecho y te empujo hacia atrás.
Con la barbilla te señalo una silla estratégicamente colocada en un rincón del dormitorio.
Confuso, me miras a mí y a la silla, pero acabas resignándote.
La silla está en la oscuridad.
Encima de la silla ves un papel escrito con pintalabios rojo.
“Espero órdenes, mi amor”.
Me miras sorprendido.
Vuelves a leer el mensaje y ríes bajito mientras te sientas.
No te veo, solo distingo tu silueta en la oscuridad.
Pero tú me ves.
Y ese es el objetivo, mi amor.
“Entonces, ¿hoy vamos a jugar así? Está bien. Desnúdate.”
La primera orden ha sido dada.
Tomo uno de los tirantes del sujetador y dejo que se deslice por mi hombro.
Me arrodillo en la cama, de frente a ti.
Paso las manos por mi cuerpo, acariciando mi piel suave.
Siento tu mirada seguir mis dedos.
Durante el recorrido libidinoso, me quito el sujetador y lo dejo caer.
Mis pechos quedan expuestos, bañados por la luz de la llama que ilumina el dormitorio.
Me toco los pechos, apretándolos, jugando con los pezones erectos que deben de estar volviéndote loco.
Gateo hasta el borde de la cama, bajo de ella y me quedo frente a ti.
Sonrío maliciosamente.
Me doy la vuelta, deslizo las manos desde mi pelo hasta el lateral de las bragas.
Lentamente, empiezo a bajármelas y levanto el trasero siguiendo el movimiento.
Me las quito, vuelvo a girarme hacia ti y paso el trozo de tela por mi cuerpo.
El encaje me pone la piel de gallina.
Te las tiro encima y vuelvo a la cama, donde me tumbo en la posición inicial.
Entiendes que espero la siguiente orden.
“Tócate”.
La segunda orden ha sido dada.
Vuelvo a arrodillarme en la cama y empiezo por meterme un dedo en la boca y chuparlo.
Sé que no puedes resistirte a estos labios rojos, mi amor.
Saco el dedo de mi boca y lo deslizo por mi cuello, trazando un camino hasta mis pechos.
Los aprieto con fuerza y suelto un suspiro.
Dejo una de las manos en mis pechos mientras la otra recorre mi cuerpo hasta llegar a mi vagina.
Toco mi clítoris caliente y lo masajeo con movimientos lentos.
Te oigo moverte en la silla.
Ya estoy empezando a volverte loco, ¿verdad, mi amor?
Me inclino hacia atrás, apoyándome en una mano y separando las piernas.
La otra sigue explorando el calor que siento.
Miro en tu dirección.
No te veo, pero creo que te estoy mirando a los ojos.
Deslizo mi mano traviesa y dejo que un dedo resbale hacia el interior de mi gruta húmeda de placer.
Suelto un gemido ronco.
Exponerme así para ti me está excitando más de lo que esperaba.
Empiezo con movimientos lentos que duran lo suficiente para que quiera más.
Dos dedos.
Aumento la velocidad de los movimientos.
Mi cuerpo sigue el ritmo, serpenteando sobre la cama.
Mis gemidos suben de tono.
Retiro los dedos de repente.
Me siento en la cama, apoyada en las almohadas.
Me llevo los dedos mojados a la boca, cierro los ojos y los chupo.
Abro las piernas.
La otra mano toma el lugar que antes ocupaba su semejante.
Dos dedos metidos bien adentro.
Coordino los movimientos de ambas manos.
Pero mis gemidos son imposibles de controlar.
Con cada entrada suelto un gemido alto, amortiguado por los dedos que chupo con gusto como si fueran tu pene.
Entre los sonidos de placer te oigo.
Oigo ropa caer al suelo.
Oigo tus pasos.
Siento tu peso sobre la cama.
Abro los ojos y aquí estás tú, mi amor.
“Aguántate”.
La tercera orden ha sido dada.
Me tiras de los brazos por encima de mi cabeza.
Pegas tu boca a la mía, en una guerra de lenguas marcada por el deseo.
Sin previo aviso me penetras.
Separo nuestros labios para soltar un grito de placer.
Me besas el cuello.
Quiero liberarme y pasar las uñas por tu espalda.
Pero no me dejas y me inmovilizas.
Me penetras despacio, pero con fuerza.
Siento tu pene duro invadir mi cuerpo, dejando un rastro de placer.
Me sueltas los brazos y me agarro de inmediato a tu cuello.
Sin salir de dentro de mí, me agarras y nos giras, quedando yo encima.
El movimiento rápido hace que una de las velas se apague.
Pero nuestro deseo no se apaga.
El placer inflama nuestros cuerpos.
Me inclino sobre tu cabeza y dejo que chupes mis pezones mientras cabalgo al galope encima de ti.
El sudor pega nuestros cuerpos como si fuera ámbar.
Estoy entrando en éxtasis.
Me inclino hacia atrás y continúo con los movimientos rápidos y fuertes.
Siento tu miembro palpitar de placer.
No aguanto más, mi amor.
Llega el orgasmo y lo libero en un gemido placentero.
No detengo los movimientos y tú también llegas al máximo exponente del placer.
Te incorporas y me abrazas con fuerza.
Tus gemidos roncos se mezclan con mis suspiros de deleite.
Nuestros pechos se encuentran uno contra el otro, buscando el aire que nos devolverá la vida.
Me acaricias el pelo.
Te alejas, sonríes cariñosamente y me besas.
Un beso romántico, lleno de ternura y amor.
Nos dejamos caer en la cama, lado a lado.
Has llegado a casa cansado, mi amor.
Y yo te he dejado relajado, listo para afrontar el día siguiente.
“Te amo”, dices.
Me besas el pelo y te duermes acurrucado en él.
La llama se mantiene encendida.
La soplo y el dormitorio se sume en la oscuridad.
Descansa, mi amor, mañana es un nuevo día.
Y la noche te espera.


Escrito por Helena Nunes.